
Y ya vuelven. Ya están aquí, como si nunca se hubiesen ido. Quizá haya sido el cambio de hora lo que nos haya hecho darnos cuenta, quizá necesitábamos ese empujoncito que nos quitase la venda de los ojos para ver que ya están aquí.
Ha vuelto la luz, han vuelto los rayos de sol colándose entre las persianas bajadas de las habitaciones intentando guardar celosamente el fresco. Ha vuelto el olor a rosas y azahar. Han vuelto los cielos despejados, los primeros helados y chapuzones del año.
Ha vuelto la sensación de felicidad al levantarse, ver el cielo claro y pensar que no hay nada que ese día pueda salir mal. Se nota en el ambiente. Se nota en la gente. Vuelven las claras de limón y las terrazas (a pesar de que ya estaban puestas desde Enero gracias a la ley antitabaco).
Vuelven a empezar los días de los cambios de pigmentación, pelo más rubio y ojos más verdes.
Vestidos, faldas y sandalias, gafas de sol de corazones, pares de botas amontonadas en el armario, con guantes y bufandas.
Vuelven los días de tirarse en los jardines a fumar y jugar a las cartas, de saltarse las clases, de risas y de bromas, de niños en los parques, de cócteles y zumos que apaciguan las almas alteradas.
Abróchense los cinturones, ha vuelto la primavera, y el verano está a la vuelta de la esquina.
Abróchense los cinturones, ha vuelto la primavera, y el verano está a la vuelta de la esquina.


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